A
toda esa generación de amigos que crecieron conmigo y que como yo, también
creyeron en la grandeza de nuestra gente y que hoy son artífices del progreso
y desarrollo de nuestro municipio... El Autor.
Lalo...oooo.....
Lalo...oooo......
Eran
las ocho de la mañana aproximadamente. El sol era fuerte, pero una fresca
brisa no permitía que fuese más abrasador. También ese día
era 24 de Diciembre y se notaba en el ambiente. El silencio eterno del pueblo
se interrumpía a veces, por los rasgueos cíclicos de alguna guitarra
en tónica de subdominante, animando la parranda, o con las voces angustiadas
de algunas madres que ya, a esa hora, trataban en vano de localizar a sus hijos,
así tuviesen que gritar tan duro, como ese grito que doña Chela
Grimaldos, expelía en busca de su hijo menor.
Lalo
no estaba en la casa. Bien temprano, con el despuntar del nuevo dia, había
cogido el camino rumbo a los palos de mango de la casa del difunto Emiliano Ovallos.
Sabía que allí podría jugar al trompo tranquilamente, bajo
las sombras de los frondosos árboles, con los hermanos Acosta (Efraín
y Rubelindo) y con Juancho, sus eternos rivales, sin que nadie los molestara.
Doña
Chela atizó el fogón y le dijo a Vicente Grimaldos, su marido: «No
vas a dejar que se derrame la leche, me voltiás las arepas para que no
se quemen. Me voy a ver en dónde encuentro al Lalo....
Lo
encontró dándole golpecitos al errón del trompo sobre una
piedra. Allí estaba Lalo con su ropa de siempre: El pantaloncito color
kaqui,la camisa de cuadros azules anudada a la cintura, sudado y con los pies
mugrosos por los efectos del pertinaz polvo de la tierra. Cuando se dio cuenta
de la presencia tangible de doña Chela, ya era demasiado tarde para salir
corriendo. Sintió que su oreja derecha se desprendía de la cabeza.
Doña Chela con su descomunal fuerza lo llevaba literalmente alzado, valiéndose
de su pequeño auricular derecho.
-«Cuántas
veces tengo que repetirte que por ese maldito juego del trompo te voy a fregar»,
-le gritó. Y así lo llevaba por toda la calle, cuando al pasar por
la tienda de Don Juan Ramírez, éste le gritó: «Un día
de éstos te van a meter a la cárcel por todo lo que le hacés
al pobre Lalo, y bien merecido que lo tenés, carajo!».
La
respuesta no se hizo esperar: «Vé, Juan, andá a comer mierda.
Lalo no es nada tuyo. Ademas yo con mis hijos hago lo que se me da la puta gana.»
Al llegar a la
casa, doña Chela le había impuesto a Lalo un castigo deplorable.
Con dos ladrillos en las manos lo había arrodillado en la mitad del patio,
sometido al escarnio público de sus amigos y compañeros. Don Vicente,
su papá, hubiera querido optar por otro castigo, pues sabido era que la
que llevaba los pantalones bien puestos, era doña Chela, quien tomaba las
decisiones y en más de una ocasión le dijo a su marido: «Aquí
mando yo. Primero yo, segundo yo y tercero yo.»
Y
asi llegó la hora del almuerzo. Fue entonces cuando Lalo dejó de
sufrir, pero algo le faltaba a doña Chela hacer con su hijo menor. Lo agarró
de las manos y lo llevó al baño donde lo metió en una ponchera
grande de aluminio y comenzó a echarle agua con una totuma y a restregarlo
con un estropajo, actividad ésta que más tarde resultaría
inútil, pues más se demoraron en bañarlo, que Lalo salir
corriendo hasta el patio y revolcarse en la tierra gritando a todo pulmón:
«Ahora me desbaño.... Ahora me desbaño....»
Los
hermanos Acosta y Juancho fueron a buscar a Lalo para ir a la iglesia, jugar en
la plaza y presenciar la quema de la vaca-loca antes del juego de pólvora,
pero todo fue en vano. No pudieron sacarle una palabra al locuaz muchacho que
ya por esa época, ostentaba el título del mejor jugador de trompo
que se recuerde en el epueblo. Una alternativa le quedaba a doña Chela
esa tarde: tratar de que Carmen, su hija mayor, lo persuadiera de su tristeza
y lo hiciese vestir. Y en efecto, fue Carmen quien logró llevar a Lalo
nuevamente hasta el baño y con supremo cuidado le lavó todo el cuerpo
y lo secó con una vieja toalla que tenía estampados unos elefantes
de la selva asiática. Lo vistió con un pantalón color gris
plomo y una camisa rosada que le regaló doña Clemencia López,
la mujer más orgullosa y petulante en toda la comarca. Y como cosa rara,
Teodoro su hermano mayor, le hechó agua de colonia en las mejillas y detras
de las orejas. «Tú lo que estás es demasiado consentido, lalo
-le dijo- y la culpa de todo la tiene mi mama.»
Nunca
a Lalo le gustó ir a la escuela. Se sentía mal, pues según
había escuchado, el nombre de la institución estaba registrado como
«Escuela Urbana de Niñas.» Ademas, la única vez que
fué, salió desilusionado porque la vieja, Sara, en la clase de botánica
les había dicho: «Mañana, de tarea me traen unos tomates,
unas yucas y unas mazorcas.» Estrategias didácticas que utilizaba
la maestra cuando su marido, Etanislao Peña, se largaba de la casa y no
le dejaba ni siquiera para comprar el café.
Todos
fueron a la iglesia y rezaron. Jamás a los allí presentes se les
olvidaría aquella frase disparatada de Lalo, cuando el «Padre Santiago»
dijo: «El señor esté con vosotros» y Lalo respondió:
«Y con usted». También fue la única vez que la gente
rió a carcajada suelta dentro de la iglesia. Esa tarde, inolvidable para
el pueblo, Lalo se sentó en una banca de la plaza y se puso a tararear:
«Bendito el que viene en nombre del señor, hossana en el cielo.»
Navidad feliz que el pueblo tendría presente por muchos lustros.
!Quién
lo creyera!: Lalo cantando el gloria en la plaza, en vez de estar jugando al trompo.
Cuando le inquirieron a doña Chela del por qué Lalo era tan feliz,
ella sin ambages respondió: «Yo creo que su felicidad está
en haber nacido con el cordón umbilical enredado en el pescuezo.....»
Gran error de la madre, haber dado a conocer el enigma de aquella felicidad....
Regresaron
a la casa. El sol también se aprestaba para regresar al poniente, acompañado
por unas mitológicas nubes que reflejaban una tristeza enorme. Los burros,
terneros y vacas que habitualmente regresaban al campo a esa hora, no se sabe
por qué extraña razón ese día cambiaron de itinerario
y al pasar por los mangos de la casa del difunto Emiliano Ovallos, se echaron
a descansar como si estuviesen fatigados después de un largo viaje.
Caía la
noche boreal en todo el pueblo y con ella, las mariposas conciliaban el sueño
en los bonches y azucenos y los surrucucos emitían su remedo de canto con
una melancolía inaudita.
Lalo
se había quitado la camisa rosada que doña Clemencia López,-
la más orgullosa y prepotente del pueblo-, le había regalado a doña
Chela, para que vistiera a su hijo menor. «Mamá, parece que me voy
a morir»,- le dijo el niño a la madre. Nadie le hizo caso a esas
siete palabras premonitorias que Lalo expresó. Se quedó dormido
en un sueño profundo del cual no regresó jamas. Cuando quisieron
levantarlo al otro dia para que viera lo que le había traído el
Niño Dios, el cuerpo de Lalo yacía frío en la camita que
doña Chela le arreglaba todas las noches. Dicen que todo el pueblo lloró
la muerte del muchacho.
Sebastián
Lloreda el médico del pueblo, fue llevado a la casa para que revisara el
cadáver. Fueron suficientes 60 segundos para recordar el Juramento de Hipócrates,
suficientes para recordar las calles bogotanas; también recordó
en esos 60 segundos «La Señorita Elegida» y «El Rincón
de los Niños» de Claude Debussi; también la tarde en que recibió
el grado de «Médico-Cirujano» en el Paraninfo de la Universidad
Nacional de la capital del país.
«Me
retiro de este oficio», le dijo a Dioselina, su esposa. (Él que tanto
había amado su profesión) En adelante no volvería a ejercer
más la medicina.
En
el Acta de Defunción quedaron impresas estas palabras: «MUERTE PREMATURA
PRODUCIDA POR UNA ENFERMEDAD CONGÉNITA, NO INFECTO-CONTAGIOSA: ORGULLO.»
En efecto, a Lalo nunca le gustó que lo hubiesen vestido con la camisa
rosada que doña Clemencia López, la más orgullosa y prepotente
del pueblo, le regaló a doña Chela. Tampoco pudo disfrutar del trompo
que el Niño Dios le había puesto debajo de la almohada ese veinticuatro
de diciembre....
...Dicen
que don Juan, el de la tienda de la esquina, lo ha visto jugando al trompo debajo
de los mangos de la casa del difunto Emiliano Ovallos, cuando en las tardes, el
crepúsculo comienza a caer. También han oído su risa estruendosa,
en las noches decembrinas cuando se acerca la navidad... Y doña Chela guarda
para siempre en su baúl, el trompo que le compró para esa fecha,
junto con los rizos dorados de su último hijo...
La
Playa de Belén, Diciembre 16 de 1.984