Es
que enterarme que Diomedes, el hijo menor de la seño Mile, había
fallecido de repente a causa de una compleja enfermedad no fue fácil para
mí. En medio del dolor que embargaba, la seño Mile me llevó
de la mano hasta el fondo de la sala donde se encontraba el pequeño Diome,
como yo solía llamarle. Recuerdo que estaba todo de blanco y tenía
puesta la playera que le había regalado en su ultimo cumpleaños;
se encontraba acostado sobre una especie de ataúd hecho de madera seca
y muchos cojines de colores y a su alrededor había una cantidad de velitas
dentro de vasijas de barro y algunos ramos de flores silvestres... La verdad parecía
que estuviera solo dormido pues aun continuaba de buen semblante.
La
noche continuó su curso y todos amanecimos en este lugar velando al pelao...
Con los primeros rayos del sol, como a eso de las seis de la mañana, el
padre de Diome "Don Diomedes", la seño Mile, su hermano Joniky
y el tío Pechi levantaron el sencillo ataúd y como si todo hubiese
sido preparado, los que nos encontrábamos en el lugar nos levantamos y
uno a uno fuimos tomando una de las velas y una flor de las que adornaban al pelao.
En una especie de procesión los seguimos. Emiliano iba tocando las tamboras
y la niña Conchi llevaba el ritmo de la canción mientras el resto
de isleños iban exclamando unos rezos cuyo mensaje nunca comprendí
pues parecía estar hechos en otro idioma... Así recorrimos durante
quince minutos el camino, hasta llegar a un punto de la isla donde las olas son
mas grandes y el viento sopla con mayor fuerza.Todos entramos en total silencio
al mar, rodeamos el féretro del pequeño Diome y en una especie de
danza que dirigía Coral, la curandera de la isla, fuimos adentrándonos
poco a poco en el mar. Se escucharon los últimos cantos para Diome, los
últimos mensajes de cariño, otras plegarias de los isleños
y el llanto de las muchachas de la isla. Era él último adiós
para el pelao... Uno a uno fuimos dejando las flores y las velas junto al ataúd
y salimos lentamente del mar viendo como éste se alejaba con las olas.
El ataúd parecía una carroza de carnaval.
Todos
en la playa esperamos en silencio hasta que el cuerpo del niño a la deriva
se perdió en el horizonte. Los isleños fueron regresando a sus respectivos
ranchos. Yo no tenía un lugar a donde ir, así que la seño
Mile me invitó a su casa. No pude negarme. La tome del brazo y sin cruzar
palabra regresamos a su rancho... Ya en lugar los recuerdos del pequeño
Diome se encontraban por cada uno de sus rincones aumentando la tristeza por lo
que decidimos, luego de calmar la sed con una taza de agua de coco, volver al
mar.
Nos
sentamos en la playa. Las olas alcanzaban a rozar suavemente nuestros pies, empezamos
a recordar todos aquellos buenos e inolvidables momentos vividos con el pequeño
Diome en la isla de Nihaua y sentimos que las risas alegres del pelao llegaban
en cada una de las olas a acariciarnos.