Némesis Arquitectónica
Gustavo Lobo Amaya

La absurda destrucción que está borrando alegremente nuestra memoria urbana ha sido patrocinada desde hace más de seis décadas por casi todas las administraciones municipales y fue iniciada por los "raizales": una casta que gobernó a Ocaña por años y cuyo plan de gobierno era destrozar toda nuestra arquitectura. Desde entonces la mayoría de la población y de las autoridades ha estado empeñada en borrar con saña hasta su último vestigio Ninguna administración creó políticas coherentes para conciliar el inevitable crecimiento de la ciudad y la conservación de su arquitectura, tampoco hizo cumplir las leyes existentes ni estableció una reglamentación permanente para las nuevas construcciones. Curiosamente fue Domingo García Jácome y Víctor Yaruro en su cargo de personeros (no existía la oficina de planeación) quienes prohibieron recortar el alar de las casas, una moda que consistía en hacerles un "frontis" para lograr un aire de "modernidad. Estos pequeños cambios ya prefiguraban la atroz destrucción del futuro. A comienzos de los años cuarenta, cuando Ocaña estaba casi intocada, se pudo declarar su zona histórica que habría abarcado la totalidad de la ciudad: de Villanueva al Llano Echávez y de La Piñuela a La Costa. Existían en ese momento extensos terrenos dentro y fuera del perímetro urbano para las construcciones modernas que fuesen una necesidad (cines, colegios, mercado público, etc.). Ocaña tenía a donde expandirse pero la ausencia de planeación urbana y la falta de servicios públicos sumada a la mente pueblerina del ocañero, que encuentra cualquier distancia insalvable, malogró tal alternativa. Otro factor en contra fue la ausencia de una clase alta o una elite culta -no hubo una clase alta ni social ni económicamente- que valorará y defendiera la arquitectura. Entonces, fue presa fácil del carácter destructor de sus habitantes y se convirtió en un laboratorio de improvisaciones donde cualquiera ha podido experimentar no con estilos sino con esperpénticas formas que muchas veces llegan al ridículo. Por décadas arquitectos, constructores, maestros de obra, albañiles y ciudadanos comunes han dado rienda suelta a sus desvaríos creativos y han dejado cicatrices imborrables que hoy son motivo de vergüenza. Todos mostraron, y aún muestran, un desprecio unánime por la estética, por la funcionalidad, y por el entorno existente, las excepciones son muy pocas. Las centenarias casonas que ostentan majestuosos portones, contra portones, espigadas puertas y grandes ventanas de madera (cortada según la fase de la luna en un ritual ancestral ya olvidado) siguen desapareciendo inexorablemente y en su lugar se ha preferido "levantar mamotretos como si de una venganza se tratare", palabras certeras del poeta Oswaldo Carvajalino Duque. Los grandes patios llenos de flores y las huertas atestadas de arboles frutales sucumben al cemento y al aluminio. A lo mayoría de los ocañeros no le gusta lo antiguo sino lo recién envejecido: reemplaza las antiguas puertas y las ventanas pechos de palomo por copias envejecidas forzosamente y encarga remodelaciones repletas de falsos históricos.

El reciente enfrentamiento sobre la lamentable demolición de la casona del Llano Echávez es parte de una discusión vieja, aquí siempre se repiten las mismas equivocaciones. Muchos ocañeros preguntan cínicamente si la edificación tiene un valor histórico, el arquitecto Alejandro Delgado contesta: "Desde luego que lo tiene, allí funcionó el primer hospital de Ocaña. Su alto andén nos cuenta la realidad topográfica del lugar que fue explanado, elevando el edificio; su calidad y forma espacial corresponde a las exigencias higiénicas y la visión de la salud en la época". Como propuse en mi anterior artículo, la casona podría adecuarse como hotel o sede de un museo de arte, sino un espacio para el desarrollo intelectual y artístico de tantos talentos desconocidos, usos sobran. No es la primera vez que se echa abajo una construcción histórica de gran valor. A finales de la década de los años cincuenta fue demolido la mitad del convento de los padres Franciscanos, con más de tres siglos encima. El motivo: construir la nueva sede del Colegio de La Presentación que ya funcionaba allí mismo (luego fue demolido para construir la plazoleta). Cambios aplaudidos por la indolente población y las arbitrarias autoridades. En 1970 para la celebración de los 400 años de la ciudad se demuelen varias casonas y fueron reemplazadas por bodrios sin ningún valor. La vejez de Ocaña fue celebrada demoliendo valiosos inmuebles que atestiguaban de alguna forma su edad, un inexplicable contrasentido. Este mismo año sucedió un hecho vergonzoso y aunque lo publiqué en otro articulo lo repetiré por su importancia: el arquitecto Mario Arévalo López encontró a un maestro de obra (obvio el nombre porque es irrelevante mencionarlo) dándole picazos a la Columna de los Esclavos y le preguntó ¿Qué va a hacer maestro? La respuesta no podía ser más impresionante: "Voy a demoler la columna porque van a construir un monumento moderno". Inmuebles Nacionales -una dependencia del Ministerio de Obras Publicas de la época- había ordenado su demolición para construir una pirámide truncada. Arévalo López asombrado le dijo al maestro: "espere, no haga nada, que voy a avisarle a unos amigos". Enseguida llevó la mala noticia a mi tío Daniel Enrique Amaya (él luchó toda su vida por la conservación de nuestra arquitectura y fue quien evitó la pavimentación de la Calle del Embudo), Camila Alsina, Armando Solano Barriga, Luis Alberto Yaruro Páez, Mary Sánchez y otros dolientes. Todos se abrazaron a la columna mientras llegaba el alcalde Alfonso Carrascal Yaruro, los miembros de la Academia de Historia, algunos integrantes del MRL y muchos ciudadanos indignados quienes querían detener la abominable destrucción. Y lo lograron. Los ciudadanos enfurecidos querían linchar al arquitecto encargado de la demolición, iba a destruir el monumento más representativo de la ciudad, para muchos era sagrado. Un ocañero era un alto funcionario de Inmuebles Nacionales cuando se decidió la demolición de la columna. En una nota aclaratoria de la revista Hacaritama del año 1970 se puede comprobar la veracidad del hecho: "…no se adelantaron los trabajos de demolición del único monumento histórico que conmemora, desde 1851, la libertad de los esclavos y que de acuerdo con planos aprobados se iba a destruir para hacer un monumento distinto".

En los años siguientes el conjunto de las casas del parque principal que permanecía casi completo (a excepción de un local comercial moderno de los años cincuenta) perdió su horizontalidad y su carácter colonial pues continuó la construcción de edificaciones modernas, si les cabe semejante termino. Cuando un miembro de una honorable academia local fue indagado por estos cambios respondió poseído: "que tumben toda esa viejera y que entre la modernidad". Sin embargo, ni tumbaron toda esa viejera ni entró la modernidad. Entró si, el modernismo y se reforzó la idea simplista de la modernidad que siempre han tenido la mayoría de los ocañeros: destruir lo antiguo. A finales de los años setenta varios políticos despistados planearon la construcción del Hotel Hacaritama y echaron abajo la invaluable Casa Consistorial, posible casa de Francisco Fernández de Contreras y antigua sede de las oficinas públicas que después tuvo diferentes usos: cuartel, cárcel, colegio, comedor escolar y centro de salud. La Casa Consistorial fue construida en 1851 durante la administración del gobernador Agustín Núñez, quien también ordenó la construcción de la Columna de los Esclavos en el mismo año. Así como se exageró el carácter culto de la ciudad al construir una Escuela de Bellas Artes en un pueblo inculto, así mismo se inició la construcción de un hotel de turismo en una ciudad donde no había turismo, inclusive todavía no hay una oficina o una corporación para tal fin. A comienzos de los años ochenta la iglesia de Ocaña quiso unirse al festín destructor y demolió el Seminario Menor, el cual era parte de la historia de Ocaña y de la Iglesia misma. Una prueba más del desprecio de la Iglesia ocañera por la arquitectura nuestra. En su lugar se construyó un "centro comercial", y es precisamente desde esa época que se impusieron los "centros comerciales", los cuales no eran ni son tales, han sido tan solo una sucesión muy apretada y aburrida de minúsculos locales. En la década de los años noventa la ciudad ya lucia muy desfigurada y caótica, victima de un eclecticismo arquitectónico de variopintas construcciones ajenas al entorno. Nuestro primer rascacielos es construido, un monumento ignominioso que nos recordará perennemente la destrucción de nuestro valioso legado arquitectónico, aunque muchos ocañeros lo interpretaron como la llegada del progreso. Por el incremento de automóviles (símbolo de estatus y también de progreso para muchos ocañeros) algunas casonas antiguas son demolidas para hacer parqueaderos. Otras son victimas de una arbitrariedad que consiste en "parcelar" sus frentes -el termino es de la arquitecta Angie Arévalo-. Cada local comercial es pintado de un color diferente, casi siempre estridente, o sino remodelado de acuerdo al gusto de cada arrendatario o propietario, son formas rudimentarias de publicidad de nuestros comerciantes. La casa pierde así su unidad, se interrumpe su lenguaje y genera contaminación visual. A comienzos de este siglo la situación no puede ser más preocupante. Seria inútil enumerar los nuevos esperpentos y muy largo recalcar los desatinos cometidos. Aún se siguen construyendo las mayores extravagancias jamás vistas, que rebasan la misma lógica de la arquitectura. Todavía prevalece una estética inclasificable que no corresponde a ningún estilo arquitectónico.

Los ocañeros nunca contemplaron la posibilidad de conservar la arquitectura de su ciudad, desde siempre planearon su destrucción. Aunque existieron muchos acuerdos respecto a la conservación del patrimonio arquitectónico y actualmente está vigente el acuerdo 06 de 2007 que delimita la zona histórica, este no se cumple. Adecuar las casonas para un nuevo uso y así evitar su destruición fue, y es, un recurso ignorado. No obstante, la familia Numa Íllera optó por esta sencilla solución cuando adecuó su casa como un pequeño centro comercial (Cedros del Líbano), el merito es de la familia que impuso su criterio al arquitecto. Aunque la casona no fue restaurada en el sentido riguroso de la palabra, se le hizo una remodelación acorde al nuevo uso que la salvó de su futura e inminente destrucción. Esta simple alternativa habría salvado nuestra arquitectura. Ya en la casona donde funcionó la droguería La Rosa Blanca -de la familia Cabrales Aycardy- se había intentado antes hacer lo mismo pero fue muy intervenida. El brillante músico James Schutmaat -arquitecto de la Universidad de Michigan- cree que debe salvarse aunque sea una sola casa. Schutmaat advierte que no debemos caer en el engañoso argumento de muchos ocañeros de "acabar con lo que queda de una vez" porque justifica y alienta más la destrucción, la ciudad, la cual quedó en un limbo pues ni es antigua ni es moderna, mucho menos una ciudad de contrastes como pretenden mostrar algunos de nuestros periodistas. Hoy Ocaña refleja físicamente el pensamiento de sus habitantes, su anarquía, su agonía, su desprecio por la cultura, por el arte, por la educación, por la arquitectura, en resumen su desprecio por la inteligencia. La desigual batalla para salvar la casona del llano Echávez no puede desalentarnos en la defensa de tantas invaluables edificaciones que aún sobreviven. El Molino, uno de los pocos testigos del siglo XVI que tenemos está cayéndose a pedazos, en un vergonzoso abandono que refleja la ignorancia de tantos ocañeros, quienes se ufanan de cultos pero viven en la barbarie. Aún hay casonas muy valiosas y deben ser declaradas como patrimonio de la ciudad, entre ellas las de las familias Elam, Rochels Marin, Pacheco, Jácome Pacheco, Castilla Rovira, Cabrales Aycardy, Villa, Contreras Pérez, el Club Ocaña, la casa de La Botica de Los Pobres, la casa de El Hatillo, las casonas de la plaza y de San Francisco. etc. Especial atención merecen las casa-quintas construidas por el arquitecto e ingeniero Luis Eduardo Quintero a finales de la década de los años treinta y de las cuales hay varias en pie. Las edificaciones que sobreviven tienen valores intrínsecos y nadie puede desconocerlos, sean arquitectónicos, estéticos, culturales, sociales, históricos, etc. Existen cuadras completas que deben ser salvadas pero debe educarse a la gente en la importancia de la recuperación de la arquitectura y en la conservación de las casas tanto por fuera como por dentro. Aunque primero hay que evitar por medios legales que las destruyan.

A la arquitecta Ana María Numa -restauradora de monumentos de la prestigiosa Universitá Degli Studi di Roma La Sapienza- le preocupa la situación de la arquitectura en Ocaña y ante todo la situación de las iglesias que están desprotegidas y deben declararse como patrimonio para protegerlas de infortunadas intervenciones como ha sucedido con varias: Santa Rita, San Francisco, o la ermita del Agua de la Virgen y su conjunto -monumento nacional-donde no se respetó los materiales a la vista ni el color de la iglesia o de la antigua portada hecha por el maestro Víctor Clavijo en 1933, todo fue pintarrajeado de amarillo. El blanco de la iglesia simbolizaba pureza y contrastaba con el verdor del bosque aledaño. Ana María Numa declara muy indignada: "Yo creo que en Ocaña cada día estamos peor, poco a poco hemos ido desangrando nuestro pasado y es culpa de todos, de la administración pública por no tener normas claras al respecto y las pocas que existen no hacerlas cumplir, de los arquitectos por pasar sobre la arquitectura y pensar más en el dinero y de los habitantes por no tener apropiación de su ciudad. Actualmente hay una discusión amarga por la construcción de una basílica menor en la iglesia de la Torcoroma, victima de incontables remodelaciones desde su construcción. Ya en la década de los años cincuenta las piedras talladas por los indígenas que sostenían las columnas de madera fueron remplazadas por las actuales bases. Una de estas piedras puede verse aún en la iglesia, las otras fueron enterradas en la mitad de la misma cuando fue cambiado el piso de ladrillo por el baldosín actual. En los años setenta existió una Junta de Arte Sagrado conformada por un arquitecto, dos representantes del clero, y varios maestros de obra. Su función era velar por la conservación del patrimonio arquitectónico eclesiástico y evitar la modernización de las iglesias antiguas. Aunque solo duro diez años, logró frenar durante su existencia muchas remodelaciones. Los intentos por salvar o conservar la arquitectura en Ocaña siempre han venido de un pequeño grupo de personas y de unos cuantos arquitectos, muy pocos por cierto pero siempre han tenido en contra la administración de turno y a la misma población. La Sociedad de Arquitectos de Ocaña hace pronunciamientos muy tibios que carecen de validez pues la mayoría de sus miembros ha contribuido con mucho ahínco a destrozar nuestra ciudad. Muchos arquitectos ocañeros argumentan un dilema entre el trabajo y la conservación. No obstante, ambos aspectos se pueden conciliar. Además este argumento tampoco explica porqué crearon tantos esperpentos, los cuales fueron nominados por una funcionaria del Ministerio de Cultura para "el premio Bon Bril" de arquitectura. La Academia de Historia de Ocaña ha condenado en muchas ocasiones la destrucción, pero sus denuncias no han tenido eco porque la mayoría de sus miembros también ha colaborado en la destrucción de la arquitectura local, de forma directa o indirecta. A pesar de sus continuas denuncias los vigías del patrimonio -Luis Eduardo Páez García y Martha Pacheco- no tienen las herramientas legales para frenar tanta destrucción.

Ocaña tuvo la oportunidad de explotar su arquitectura como Cartagena, Mompós, Villa de Leyva, Barichara y tantas otras ciudades antiguas que con mucho esfuerzo lograron conservar su arquitectura y crearon una industria turística que es la base principal de sus economías. El Carmen y la Playa de Belén nos dieron una gran lección (una cachetada sería mejor) cuando fueron declaradas como monumentos nacionales. Los turistas no vienen precisamente a ver una ciudad destruida o edificios altos, vienen a apreciar nuestra arquitectura, que está ligada a nuestra historia. Un argumento a favor de las demoliciones de casonas antiguas es los edificios convierten a Ocaña en una gran ciudad, tan esquelético e inconsistente argumento no vale la pena ni discutirlo por lo simple e ingenuo. En conclusión toda la destrucción de nuestra arquitectura es justificada con el progreso de la ciudad. Sin embargo, el progreso se mide por el mejoramiento de las condiciones de vida de sus habitantes no solamente por la cantidad de semáforos y de carros o por la altura y proliferación de nuevos edificios.
Para explicar históricamente el fenómeno de la destrucción arquitectónica muchos ocañeros recurren a una trillada afirmación: "los camperos acabaron con esto": Y los recalcitrantes miembros del imaginario gotha local apoyan la afirmación con el discurso discriminatorio de siempre. Olvidan, o quieren olvidar, que cuando los primeros grandes desplazamientos de campesinos e inmigrantes llegaron a finales de los años 80 la ciudad ya estaba semidestruida y como siempre agonizando. Ellos no iniciaron la destrucción pero si le dieron la estocada final. Condeno la hipocresía de aquellos ocañeros que empezaron y perpetuaron esta desafortunada némesis arquitectónica y ahora vuelven contritos a lamentarse. Fueron los mismos ocañeros quienes destruyeron su propia ciudad y ahora cobardemente culpan a otros. Además persisten en contradicciones insalvables: recuerdan a cada momento el hipotético pasado glorioso de Ocaña y la vez destruyen la presencia física de este; visitan ciudades antiguas de Colombia para apreciar lo que tenían aquí; exigen la pavimentación de sus calles con un diseño seudoantiguo -cada administración tiene uno distinto- mientras demuelen las casonas coloniales. Destruir la arquitectura es borrar parte de la memoria colectiva, base de nuestra exigua identidad cada vez más amenazada. Infortunadamente demasiados ocañeros tienen la errada idea de que conservar o proteger nuestra arquitectura y rescatar las tradiciones -o cualquier otra manifestación que remita a nuestra identidad- es un asunto de gente vieja, nostálgica, o romántica. Según ese criterio el folclor o las ciudades antiguas del mundo no existirían. El año pasado, en una visita a la ciudad, una maestra de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Colombia -miembro de Icomos Interancional- dijo que a los arquitectos y constructores de Ocaña debía dárseles una lección por su irrespeto y atentado con su propia tierra, manifestado en sus edificios, según ellos símbolos de progreso. Alejandro Delgado, quien es arquitecto de la Universidad Nacional y actualmente estudiante de Maestría de Gestión en Patrimonio opina: "Cada pueblo ciudad o campo refleja el grado de civilización de quienes la habitan, los objetos reflejan la personalidad de quienes los poseen, de hecho es a través de los objetos muebles o inmuebles, que logran su anhelo de inmortalidad para bien o para mal. Los ocañeros vivos y muertos que han desmembrado tan miserablemente su ciudad, sus raíces mismas, serán recordados con admiración o desprecio, porque lo mínimo que un ser humano puede hacer por su tierra como dadora de su propia existencia es el respeto mostrado en el nivel de sus actos". El arquitecto Orlando Gómez Quintero, Director Administrativo y uno de los fundadores de la Universidad Piloto, cree que debió preservarse el espíritu de la ciudad. Yo creo que únicamente se preservó el espíritu salvaje de su gente.

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P.S: Este artículo es una versión muy resumida de una investigación que estoy realizando sobre la arquitectura de Ocaña desde el año 1900 hasta nuestros días. No corresponde al análisis que haría un arquitecto o algún otro especialista en la materia, por lo tanto carece del argot técnico de la misma. Pretendo revelar la mirada de un ciudadano común y corriente que se siente afectado por la destrucción de la arquitectura de su ciudad.

Cortesía del doctor Luis Eduardo Páez García. 18 de febrero de 2009