CRÓNICAS DE OCAÑA: SI YOPUDIERA REVERSAR EL TIEMPO

Por Jorge Carrascal Pérez


(Tomado de LA OTRA OPINION http://dcriado.wordpress.com/ Cortesía de Federico Canosa Torrado)

 

Si así como puedo dar marcha atrás a las manecillas del reloj cuando se adelantan por desjuiciadas y traviesas pudiera también hacerlo con mi vida, entonces las colocaría de tal manera que marcaran otra vez la hora exacta de mi juventud. Lo haría porque esa época es, en mi sentir, la que apaña ingenuas experiencias que llenan de candor y espontaneidad los espacios vitales: sentimiento, aprendizaje, destreza, recreación, desarrollo, ingenio.

Entonces tendría de nuevo la oportunidad de disfrutar el sortilegio de la navidad animada con el esperado regalo del Niño Dios, los juegos pirotécnicos y los henchidos y multicolores globos elevándose al cielo en busca del más allá o en busca de nubes grises para esconderse.

Volvería a sentir sobre la nuca el roce perverso del cuello almidonado de la camisa blanca de manga larga para ir a misa y recibir la primera comunión, y con todo y ese suplicio, me arrodillaría devotamente ante la sagrada imagen del Redentor para pedirle que protegiera a mis papás, o me ayudara a pasar los exámenes de fin de año en la escuela, o a que la monita de ojos verdes y largas trenzas de oro me aceptara como su “novio oficial”.

Tomaría horchata con cema donde Manuel Humberto Lobo sin que mamá lo supiera, porque “eso no alimenta y te hace doler la barriga”; me sentaría tardes enteras en los taburetes que tenía la tienda de Rosita Angarita para dedicarme, juiciosamente y hasta que las monedas alcanzaran, a leer los cuentos de Tarzán, El llanero solitario, Supermán, Rico Mc Pato, El pato Donald, Santo el enmascarado de plata, Las travesuras de la pequeña Lulú, Mandrake el mago, Batman, Hopalong Cassidy, Red Ryder, Educando a papá, Popeye el marino, Tribilín, Benitín y Eneas, El pájaro loco, y un centenar de inolvidables y deliciosas historietas más.

No me privaría del emocionante pasatiempo de volver a escalar por fuera de la senda del viacrucis, la escarpada y peligrosa ladera del cerro de Cristo Rey.

Tampoco excluiría la sensación placentera, así sintiera culillo o me volviera a marear, de subirme en la rueda de Chicago o en las sillas voladoras de la “Ciudad de hierro” que llegaba ocasionalmente y armaban detrás del mercado público, trayendo una explosión de luces de colores, y ruidosas cornetas del equipo de sonido encargadas de lanzar a los cuatro vientos preconcebidas invitaciones ”vengan todos a visitar este maravilloso espectáculo nunca visto en la ciudad”, y a difundir enigmáticas y onerosas dedicatorias musicales “con la ranchera “El adolorido” de Antonio Aguilar complacemos a la señorita O.E.A de parte de su novio T.B.C”

Por nada del mundo cambiaría la satisfacción de volver a tocar en fechas especiales el bien templado redoblante de la banda marcial del colegio y, escuchar y reír a carcajadas ante las ocurrencias de Eduardo “La coqueta” García, mirar embelesado la hermosa figura y los ojos cautivadores de Yaneth Busaid, ir perfumado con “Old Spice”, “Pino Silvestre” o “Yarley” a las deliciosas vespertinas bailables en el hotel “Timaná”, hacer sonar sin pereza y con deleite y empeño el acordeón “Honher” en los días de carnaval, posarme como un galembo sobre el espaldar de las bancas del parque a echar cháchara sin sentir ni cansancio ni remordimiento alguno por los chismes ventilados, esperar al medio día o a las seis de la tarde la salida en masa de las tímidas, lindas y acicaladas alumnas de los colegios para acompañarlas sólo con la mirada, o exaltarlas con un galante y acaramelado “adiós reinita” o “quien fuera jardinero para cortar tan linda flor” o “¿por qué vas tan seria lindita? o “¿de quén son tompas?”, pasar repetidas veces la lengua por los labios queriendo rescatar el dulce sabor del primer beso, es más, hasta creo y juraría que esta indescriptible y hechizante sensación fue la que sirvió para descubrir finalmente el lugar preciso en dónde queda el tan buscado paraíso terrenal.

Sentiría otra vez la misma resequedad en la boca al decidirme, previa doble santiguada, a declararle mi amor a la del lunar en la mejilla “desde que te conocí quedé prendado de tu belleza angelical por eso te pido que me digás si querés ser mi novia”. “Voy a pensarlo; pasado mañana te digo si sí o si no” era la consabida y cautelosa respuesta. Llegaba el día, y ella para aumentar la ansiedad y hacerse la difícil, terminaba diciendo ¡ay qué pena pero te juro que se me había olvidado!. ¡Mentiras!, mentía adrede porque estaba que se reventaba de las ganas por decir que sí, pero ése era el picante del juego… o si no qué gracia.

En este quimérico reverso del tiempo no podía faltar la ida al Agua de la Virgen por todo lo que implicaba su planificación y realización. Primero las mamás -no los papás puesto que ellos confiaban esa hipotética tarea doméstica a la educadora y protectora de muchachos, a la gran matrona del hogar- se comunicaban con las otras mamás de los que también irían a la peregrinación -porque en eso se convertía la ida al lugar de aparición de la virgen de Torcoroma: en un solemne peregrinaje- para acordar la hora de salida -siempre temprano: entre las cinco y seis de la mañana para evitar que cuando se estuviera recorriendo el tramo de “las escaleras”, el más empinado y difícil del trayecto, “no les dé tanto el sol en la cara”, frase que ellas empleaban para referirse a la implacable y nociva asoleada-, acordar también el tipo de avío por llevar: que si arepa con queso o con tortilla de huevos, o si tamal con arepa o pan, o si incluían café negro en termo o botella de “Kola Calle”, y lo que era verdaderamente importante: designar a la persona adulta que se iba a encargar de la disciplina y de concertar la hora de venida del santo lugar. Recuerdo que camuflada con la intención de cumplir una promesa hecha para que el resultado de los exámenes en la escuela o en el colegio fuera bueno -razón por la cual casi siempre las idas se hacían a mitad o a final de año- iba el taimado encuentro con la pegota que nos había flechado el corazón. A ella se le brindaba la atención de cargarle el avío, darle la mano ¡qué emoción! cuando se sentía cansada o así lo fingiera, secar el sudor de la frente con el pañuelo que previamente había sido bien lavado, bien planchado y, sobre todo, bien perfumado. Y si la noviecita en ciernes se tropezaba o resbalaba y caía, entonces se presentaba la situación esperada: tomarla de la cintura para levantarla, llevarla en brazos hasta el lugar apropiado en donde, además de limpiar la herida del raspón, también se aprovechaba para limpiar la herida de Cupido con un sanador beso robado que la ponía de nuevo en briosa marcha como si le hubieran dado a beber una extraña pócima reconstituyente (¿preparada por don Alejandro Prince en la “Botica de los Pobres” o por Juancho Picón en “La Rosa Blanca”?). Después de ese arriesgado besuqueo, ¿cuál rezo?, ¿cuál promesa?, ¿cuál cansancio?, ¿cuál merienda?, ¿cuáles sofocantes rayos de sol?, y ¿cuál empinada cuesta?. Como por arte de brujería desaparecían la devoción religiosa, la fatiga del viaje, el acoso del hambre, la ardiente acción solar, y la abrupta topografía del camino se convertía en plácida llanura.

Cuando llegábamos a casa, se encontraba a la mamá estacionada en la puerta esperándonos con un generoso ramillete de abrazos, y enseguida con tono amoroso preguntaba “¿Cómo te fue, mi vida?”, y uno con aire de vencedor y cara de satisfacción, se limitaba a contestar displicentemente: ¡Muy bien, mami!. Y ella, con ese sexto sentido que la faculta para percibirlo todo, replicaba con un taimado dejo acompañado de una satírica presunción: Yo sé que algo extraordinario debió sucederte ¡y no fue exactamente el milagro de que hubieras ganado el año!

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P.D. Casi todos sabemos que existen cuatro cosas en la vida que no se recuperan:

La piedra, después de haber sido lanzada; la palabra, después de haber sido proferida; la oportunidad, después de haberla perdido; y el tiempo, después de haber pasado. Y yo agregaría una quinta: tampoco se recupera el sabor del primer beso, después de haber enjuagado la boca con buches de indiferencia.

Ibagué, junio de 2010 - jorgecarrascalp@yahoo.com


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