BARBATUSCAS
Por: Ciro A. Osorio Quintero
Es mi tierra la que entoldan las rojeces
de los viejos barbatuscos... MARÍA
JARAMILLO MADARIAGA
Para hablarles de las
barbatuscas a quienes no conozcan suficientemente el encanto bucólico
del paisaje ocañero, habrá que empezar por decirles que el barbatusco
es un árbol gigantesco, un tanto esquelético y fantasmal, de escaso
follaje y muy precario valor maderable, cuyo mérito casi único puede
decirse que reside en su pequeña y preciosa flor: la barbatusca.
Se da este corpulento espécimen vegetal en las zonas de climas frío
y medio, y se le encuentra en las montañas, donde suele servir de sombrío
a las plantaciones de café; en los bosques cercanos a las ciudades y
aun, como árbol ornamental, en los parques de las mismas; pero también,
y muy especialmente, a la orilla de las fuentes y de los ríos, donde
a lado y lado se levantan sus altos troncos desnudos, alineados y numerosos,
como centinelas insomnes, custodiando silenciosos el paso callado o
rumoroso de las aguas. Por algunas épocas del año, que en los Santanderes
corresponden casi siempre a los meses de marzo y abril y coinciden más
o menos exactamente con el tiempo de Cuaresma y Semana Santa, el barbatusco
se desprende completamente de sus hojas para cubrirse por entero de
una millonaria profusión de flores pequeñas y sencillas, cuyo color
de candela, vivo e intenso, le da al árbol un extraño y hermoso aspecto
mitológico, de encendida antorcha descomunal, levantada, como un símbolo,
en medio del verde acentuado y profundo de la naturaleza circundante.
Tiene el barbatusco la
particularidad de que su florescencia es tan intensa y copiosa que,
a medida que van brotando, va también dejando caer sus flores aún sin
marchitar, en generoso derroche de color, cubriendo así el suelo, en
torno suyo, de una curiosa alfombra tan encendida y atrayente como si
fuera la sombra coloreada de su propia copa florecida. En las orillas
de las quebradas y los riachuelos nativos, donde las lavanderas tienden
al sol, bajo la mañana radiante y sobre el césped humilde, la multicolora
variedad de las ropas sometidas al elemental proceso del lavado, parece
que el barbatusco, a la vez que echa a navegar sobre la corriente sus
diminutos esquifes de rojo coral, se complaciera particularmente en
agregar a aquella original combinación de telas y colores el adorno
vivo y encendido de sus flores, que en lluvia continua de ligeras llamitas
vegetales -aéreas libélulas de fuego- van cayendo al amor de la brisa
ribereña.
La barbatusca tiene la
forma de una pequeña mariposa y está integrada por un pétalo abierto
y levantado, como un ala airosa, adherido por un extremo a otro pétalo,
semicerrado como un estuche y de mayor consistencia, ambos de un color
rojo encendido, como ya se dijo. El segundo pétalo tiene la peculiaridad
de que, desprendido del primero y al soplarse por su extremo anterior
un tanto entreabierto, produce un leve sonido agudo, como sí fuese un
pequeño silbato vegetal. Por lo que la flor también resulta muy solicitada
por la chiquillería que de ella se llena los bolsillos para luego ir
por las calles arrancándole, con la fuerza de sus carrillos inflados,
sus finas notas musicales.
Pero la verdadera particularidad
de las barbatuscas está en que no empleándose como adorno personal ni
hogareño, sí en cambio se aprovechan en las comidas, y las gentes por
lo menos en nuestras tierras ocañeras, las buscan con verdadero entusiasmo
para con ellas elaborar uno de los más deliciosos y codiciados alimentos
regionales. El procedimiento es sencillo: una vez separada la flor de
su cáliz y sus estambres, los pétalos se cocinan y se dejan por veinticuatro
horas en espera de un ligero principio de acidez; luego se preparan
al gusto; bien solos, a manera de ensalada, o con otros ingredientes:
mantequilla, queso, huevos, carne, etc. En esta forma y sea cual fuere
el proceso de preparación a que se las someta, las barbatuscas vienen
a ser, por la época de su cosecha, uno de los platos típicos más apetecidos
de toda la región ocañera y, sin lugar a dudas, un manjar de primera
categoría en nuestra mesa nacional.
Observando esta particularidad
de las barbatuscas, algún curioso indagador de nuestras costumbres autóctonas
pudo apuntar con frase que ya es un dicho entre nosotros: "Felices los
ocañeros, que se alimentan con flores". Mientras que a otro, no menos
escrutador, se le ocurrió sospechar que nada tenía de raro que a esta
costumbre de alimentarse con flores se debiera en buena parte la fresca
y tradicional belleza que singulariza a las ocañeras.
No sé yo a ciencia cierta
cuál sea el nombre científico del barbatusco, ni de dónde le venga éste,
familiar, con que se le conoce entre nosotros. Hay quienes afirman que
este último le resultó del hecho de que por algunas épocas del año,
desposeído ya de flores y con follaje escaso, enorme y esquelético,
suele criar unas parásitas, largas y lanudas, que cuelgan de sus ramas
como enormes barbas toscas e hirsutas. De aquí, presumiblemente,
deformada un poco la expresión "barbas tocas", parece que resulto el
nombre familiar de "barbatuscas" y "barbatuscos". En otras regiones
el mismo árbol se conoce con nombres diferentes. Tal el cámbulo, en
el occidente colombiano.
Empero, sea a este respecto
lo que fuere, lego en achaques de botánica, yo no he querido ni pretendido
profundizar sobre el particular, como que mi sola intención, al pergeñar
esta breve nota, ha sido simplemente la de recordar, con devoto cariño
terrígena, a uno de los árboles más conocidos y amables de nuestras
breñas santandereanas, donde, como se ha anotado al comienzo, se yergue
por derecho propio, sobre todo en la época de la florescencia, alto
y ostentoso, casi hierático, como un querido y requerido personaje familiar,
entre toda la variada flora del rico paisaje nativo.
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LEONELDA
HERNÁNDEZ, LA BRUJA LEGENDARIA
Por:
Ciro A. Osorio Quintero
Difícilmente atrapada, como a una ágil y peligrosa fierecilla, entre
la tupida maleza de una de las montañas que rodean el poblado de Burgama
-llamado hoy San Juan Crisóstomo de La Loma de González, en el departamento
del Magdalena- una tarde del mes de junio del año de 1774, por el viejo
camino que de esa población conduce a la ciudad de Ocaña, un grupo de
guardias civiles traía presa a una mujer. No pasaba ella de los 26 años,
y su cuerpo era esbelto y su porte gentil, pese a su evidente condición
campesina y a las amarras que sujetándole los brazos morenos y tersos,
amenguaban un poco la garbosa donosura de los movimientos. En el bello
rostro de color aceituno y de trazos casi perfectos brillábanle con
fuego misterioso unos grandes ojos negrísimos, cuyo luminoso encanto
parecía encenderse aún más con el contenido impulso de una inocultable
ira interior.
Como
hipnotizada por el hechizo de la extraña mujer, la escolta de gendarmes
caminaba en silencio y al parecer distraída. La marcha así era un tanto
lenta, aunque no parecíale lo mismo a la hermosa prisionera que sabiéndose
camino de la muerte, sentía que la sangre rebelde le transitaba demasiado
aprisa por el atormentado corazón, en tanto que, en rápida sucesión
retrospectiva, en su acalorada imaginación se atropellaban los recuerdos
más sobresalientes de su vida...
Leonelda
Hernández, la joven prisionera, vivía, doce años atrás, con cuatro compañeras,
jóvenes también -María Antonia Mandona, María Pérez, María de Mora y
María del Carmen-, en un ruinoso ranchejo incrustado en el corazón de
uno de los montes vecinos al pueblo de Burgama. Haciendo Leonelda Hernández
y la primera de las cuatro Marías de maestras consumadas, y las otras
tres de aprovechadas discípulas, estas misteriosas habitantes de la
montaña dedicaban todo su tiempo, su astucia y su inteligencia al exótico
arte de la hechicería. En la media noche profunda, siguiendo el rumbo
de los astros o guiadas por el lúgubre canto de las aves nocturnas,
las jóvenes hechiceras, andando a tientas por entre el monte, como sonámbulas,
se daban a la tarea de buscar raíces y flores de plantas extrañas, reptiles
inmundos y cierta clase de animales agoreros, para con todo ese material
heterogéneo y cabalístico elaborar más tarde, en otra noche precisa
de la luna menguante y a una hora determinada, los brebajes y emplastos
que, llevados luego por veredas y villorrios, habrían de curar a los
enfermos y sanar a los endemoniados, apaciguar a los violentos y dar
valor a los tímidos, o también quitar o poner amor allí donde se pidiese
desterrarlo o se reclamase su presencia, todo aplicado en medio de extraños
rezos y de sombríos y espeluznantes ritos.
Fueron
muchas, pero muchas las personas que hubieron de acudir a estas expertas
hechiceras para buscar la cura de sus males, así fueran éstos los del
cuerpo o los del alma, tratárase ya de un empecinado mal del vientre
o del cerebro, de un cruel desengaño o un temible maleficio. Y todos
quedaban, a más de curados y agradecidos, sinceramente pasmados del
milagro. Así, la fama de las brujas se fue extendiendo por toda la comarca,
nimbada por un sugestivo halo de misterio y seguida de cerca por un
notorio clamor de gratitud y de cariño.
Pero
ocurrió que, en éste como en muchos otros casos, resultó muy frágil
el afecto humano y de muy precaria consistencia la gratitud de las gentes.
Tal parece que la excesiva popularidad de las hechiceras hubiera sido
fatal para el tranquilo curso de sus vidas. Pues sucedió que, después
de haber predicado a todos los vientos su ciencia, su sabiduría y su
humanitarismo, un día los ingratos beneficiarios de sus milagros empezaron
a acusarlas y a perseguirlas bajo el pretexto de que ciertamente no
eran curanderas caritativas, como hasta entonces se había dicho, sino
malas mujeres, brujas de gran peligro, mantenedoras de oscuras relaciones
a furto con el Demonio, dispensadoras muníficas de toda clase de maleficios
y, por lo mismo, hechizadoras de hombres y encantadoras de pueblos.
En
este terreno las cosas, las autoridades civiles y eclesiásticas
del cantón resolvieron tomar cartas en el asunto, abrieron una minuciosa
investigación y finalmente ordenaron la persecución y captura judicial
de las acusadas. Por montes y llanuras, por atajos y quebradas, protegidas
apenas por la fiel simpatía de las tribus indígenas que habitaban las
serranías, huyeron durante mucho tiempo las cuatro desventuradas. Hasta
que al fin un día cayeron en poder de la implacable justicia de la época,
y en medio de azotes y de escarnio fueron a dar con sus huesos a la
cárcel, donde, según la costumbre, les pusieron "cepo, grillos, cadenas
en los muslos y en las manos y soga en el pescuezo".
Para
mayor infortunio de las desdichadas, los emisarios de la ley encontraron
en la choza que les servía de vivienda, como incontrastable cuerpo de
delito, un oscuro y macabro laboratorio, y en él, convenientemente preparados,
los que presumían fueran necesarios ingredientes del terrible sortilegio
que habría de acabar, por lo pronto, con el pueblo de Burgama, tal como
se decía habían jurado hacerlo las brujas, y ya era del dominio popular.
En efecto, envueltos en sucios trapos o metidos en calabazos, debajo
de los camastros y ocultos entre los zarzos, los diligentes funcionarios
fueron sacando y relacionando, en un escalofriante inventario de pesadilla,
los misteriosos elementos del frustrado maleficio: hierbas de "cargamanta",
"ramas de ají chiquito", "huevos de sapo", "huesos también de sapo"
y unos híspidos cabellos larguísimos, "para que enterrado el embrujo
en medio de la plaza, se volviesen culebras y fuesen picando y matando
la gente", según rezan textualmente los amarillos infolios del curioso
proceso.
Frente
a estas terribles y comprometedoras pruebas, no había duda, pues, a
la luz de la rígida justicia inquisitiva de entonces, de la responsabilidad
de las peligrosas mujeres en su criminal intento de acabar con las tranquilas,
supersticiosas y rezanderas gentes de Burgama. Desde luego, en concepto
general, la más culpable de todas era María Mandona, la jefe y directora
del endiablado elenco. Y tal vez por eso mismo, la propia noche de la
captura -jueves 5 de septiembre de 1763, según las constancias procesales-,
el alcalde del lugar, no pudiendo conciliar el sueño por el terror que
infundía en su ánimo la posibilidad de ser víctima de las brujas encarceladas;
viendo por todas partes una espesa selva de culebras y sapos maléficos,
resolvió levantarse a la media noche y, haciendo justicia por sí y ante
sí, sin esperar la resolución definitiva de las autoridades virreinales
de Santa Fe, ordenó colgar en la misma celda de su encerramiento a la
temible y temida hechicera. Las gentes que a la mañana del día siguiente
se llegaron hasta la plaza del pueblo, pudieron ver, balanceándose en
las ramas de un árbol, como el trágico péndulo de un extraño reloj que
marcase las horas de una época de ignominia, el cuerpo ya sin vida de
la Mandona, y atadas bajo sus pies, aterradas y llorosas, a sus cuatro
infelices compañeras.
Con
este sacrificio, muy a tono con la justicia de aquel tiempo bárbaro,
pero que sin embargo había de costarle un proceso penal por extralimitación
de funciones al despavorido burgomaestre, el pueblo quedó contento.
Y en la esperanza de que el macabro castigo que a su jefe se había infligido
ante sus ojos fuera suficiente escarmiento para su conducta futura,
las angustiadas compañeras de la muerta fueron puestas en libertad.
Empero,
la prisión de que ahora era objeto Leonelda Hernández, diez años después
del ahorcamiento de María Mandona, venía a demostrar que, antes de aplacar
los instintos brujeriles y la endiablada capacidad de superchería de
las empecinadas hechiceras, el atroz sacrificio de su jefe y compañera
sólo había logrado avivar aún más su odio satánico contra la
humanidad circundante y sus ansias de venganzas misteriosas y malignas.
En
efecto, una vez libres de su prisión las jóvenes hechiceras, después
del sacrificio de la Mandona, reiniciaron enseguida sus contactos diabólicos
y sus prácticas maléficas, ahora en un afán incontenible de vengar la
muerte oprobiosa de su maestra y amiga. En este propósito no habría
obstáculo que no salvaran ni consideración ante la cual se detuviesen:
acabarían con los pueblos de los contornos y con todos sus habitantes.
El terror, pues, fue por años compañero inseparable de las creídas y
supersticiosas gentes de la región.
Ahora
Leonelda Hernández, la más joven y hermosa de las brujas, pero quizá
la más temida también, de quien se decía que había dado muerte a su
propio mando, Juan de la Trinidad, y quien gozaba, además, fama de guerrera
sanguinaria, era conducida en medio de alguaciles a la capital de la
provincia, donde habría de ser ajusticiada con la pena máxima, en la
horca, después de haber sido condenada en contumacia por un Tribunal
del Santo Oficio, por haber continuado en sus prácticas de hechicería
y tener amenazados a todos los pueblos circunvecinos de convertirlos,
un día cualquiera, en infectas lagunas de aguas letales.
Ya
antes, en otra ocasión, la rebelde mestiza, montaraz y enigmática, había
sido benignamente sentenciada por el Fiscal de la Real Academia de Santa
Fe a ser internada en "convento de monjas", o en "casa de familia principal
en Ocaña". Pero como entonces no se le hallase para hacerle efectiva
la discreta condena, y el temor de sus hechizamientos continuase atemorizando
a la ignara población, el Venerable Tribunal había estimado prudente
en su sabiduría instruirle un nuevo proceso de cuyas redes, ahora sí,
no pudiese escapar con vida.
Cuentan
las crónicas de la época que al acercarse la curiosa expedición a la
ciudad de Ocaña, en un cruce de caminos se suscitó una ligera discrepancia
entre los guardias de la escolta que conducía a Leonelda. Mientras unos
opinaban que se debía llegar en primer término y cuanto antes a la ciudad,
otros eran de concepto que debían dirigirse directamente al lugar del
sacrificio, en el "Alto del Hatillo", frente a la ciudad y al cual se
iba, desviando ligeramente hacia la izquierda, por una de las rutas
que tenían delante. Una de las razones que más pesaba en favor de esta
última opinión era la muy poderosa de que no era correcto ni prudente
interferir con la molesta e indeseable presencia de la hechicera en
la población, la visita pastoral que en esos días hacía a sus feligreses
de la comarca ocañera el ilustrísimo señor obispo de Santa Marta, monseñor
Liñán de Cisneros.
Triunfó
al fin el último criterio, y los rudos policiales, reanimadas sus fuerzas
con el estímulo de unas copas de ardiente licor de laboreo campesino,
fácilmente conseguido en las ventas de la vía, reanudaron la marcha,
ahora más aprisa que antes, porque también la tarde avanzaba veloz,
con ligeros y penumbrosos pasos.
Hacia
el anochecer, después de varias horas de camino, ganó la pintoresca
expedición la cima de "El Hatillo", donde los expertos oficiales de
la Inquisición ya habían levantado el trágico aparato del suplicio.
Sin mayores ceremonias, con el apremio del cansancio y de la hora, el
jefe de la escolta se dispuso a dar cumplimiento a la condena. Él mismo,
con pulso firme, echó en torno del cuello moreno y convulso de Leonelda
la cruel ignominia de la soga. Y cuando ya iba a ordenar tirar de ella,
por el rostro acongojado de la bella ajusticiada cruzó un súbito fulgor
inesperado que, iluminándolo todo prodigiosamente, la hizo estremecer
de inexpresable júbilo. Arrastrándose en silencio por entre los matorrales,
pegados a la tierra como si fueran ágiles e invisibles serpientes, a
la luz indecisa del crepúsculo acababa de ver a un numeroso grupo de
indios amigos que, sin que ella ni nadie lo notase, habían seguido sus
pasos y los de su incómoda comitiva a lo largo de la vía, y ahora se
aprestaban a disputarles a los satisfechos policiales su codiciada presa.
Fue
entonces cuando Leonelda, sacando energías de su propio agotamiento
y obrando con extraordinaria rapidez, gritó con todas sus fuerzas, al
tiempo que agarraba por el cuello a su frustrado verdugo:
-¡Aquí
de los Búrburas!
Fue
un grito de guerra y de muerte. Una orden de acción y exterminio. Porque
saliendo de entre la maleza, de todas las direcciones, como si los brotase
la tierra, en medio de un indescriptible vocerío, los indios amigos
de Leonelda cayeron como una tromba sobre la sorprendida y asustada
tropilla, la pasaron a cuchillo, colgaron al jefe y libertaron a la
hechicera.
La
luna de aquella hermosa noche de san Juan, en lugar del tronchado cuerpo
cenceño de Leonelda, hubo de alumbrar, inerte, desmadejada, trágicamente
suspendida de la oscura cuerda punitiva, la uniformada corpulencia del
arrogante capitán de los esbirros. Los cuales, diseminados en torno
al patíbulo, destripados y sangrantes, abrían a la noche, sin luz y
sin brillo, la flor marchita de sus muertas pupilas.
En
la noche espléndida y tranquila, bajo la luna de junio y protegidos
por el vuelo agorero de las estrellas, por el mismo camino de dolor
de esa tarde, convertido ahora en senda de resurrección, van cantando
los fieros íncubos. A su cabeza, Leonelda, la heroína, trágica y hermosa,
tiene el aire marcial y satisfecho de una extraña princesa victoriosa,
en el regreso de una gran jornada. A su paso, en su homenaje, los indios
incendian los sembrados y las chozas, abriéndole a su esbelta figura
una tormentosa y dantesca calle de honor que siniestramente ilumina
el horizonte en un furioso derroche de odio y venganza. Atrás queda,
con su reguero de muertos, el "Alto del Hatillo" que, también en su
honor, se llamará en adelante el "Cerro de la Horca". La hembra perseguida
pero irreductible ya no está sola ni desamparada. Ahora tiene un ejército
amigo y con él va desandando su viejo camino de amargura y lanzando
a todos su reto de fuego, de guerra y de muerte.
Más
tarde, en las noches profundas y propicias, bajo el temblor azorado
de los astros y al conjuro ritual de los espíritus, Leonelda Hernández
habrá de organizar otra vez, en el asombrado corazón de las sierras
nativas, hasta que la sorprenda la muerte, la conjura diabólica de sus
misteriosos aquelarres. Aquellos satánicos aquelarres que ya en la Edad
Media el genio sutil de Mereshkowsky sorprendía en las noches medrosas
de Benevento, por las riberas iluminadas del Mediterráneo, y que transportados
ahora a las tierras mestizas de América, habrían de cambiar su original
hálito de leyenda para adquirir un nuevo, real y feroz acento de odio,
de venganza y de muerte.
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DON
ANTON, EL JINETE FANTASMA
Por: Ciro
A. Osorio Quintero
Sesenta
años atrás, a principios del siglo, Ocaña era una aldea campesina que
por las mañanas se orlaba las trenzas gitanas de sus calles torcidas
con dorados ramilletes de sol; rezaba por las tardes, con devota unción
monjil, los oficios del Angelus, recatada su bella faz castellana bajo
las penumbrosas mantillas crepusculares, y luego se entregaba al amoroso
coloquio del hogar, pudorosa y tímida, bajo la clausura total de la
noche. Hacia las diez, cuando el viejo reloj de la catedral dejaba caer
sus lentas campanadas de cobre sobre el inmenso silencio de las sombras,
ya nuestras mujeres habíanse recogido en el dulce sosiego de sus habitaciones,
mientras los hombres, a la luz discreta de una alta y decorada lámpara
de petróleo, leían en el amplio salón, en hermosos volúmenes de pastas
de cuero con letras de oro, algún encendido episodio de la revolución
francesa, o un heroico pasaje de la vida del Libertador, o tal vez las
primeras etapas de alguna novela picaresca, o acaso los últimos versos
de nuestros poetas nativos. Solamente cuando la luna colgaba de los
hilos de las estrellas, sobre el pecho azuloso de la noche, su mágico
medallón de plata, la ciudad echábase a la calle, a embriagarse con
largas dosis románticas de plenilunio en el ligero itinerario de sus
rondas galantes. Era en estas noches predilectas también cuando la música
de las guitarras terrígenas trepaba por las ventanas y los balcones
en conmovido y desesperado requerimiento de amores a las tiernas doncellas
semicautivas que temblaban de pasión y de pena en el recato embrujado
de sus alcobas perfumadas. En las otras noches todo era misterio y quietud
bajo el imperio de las tinieblas. Sin embargo, esa quietud turbábase
de vez en cuando. Ocurría hacia el filo de la medianoche, cuando sobre
los espíritus empezaban a flotar, como suaves volutas de humo, los tules
impalpables del primer sueño. Y era que sobre el duro yunque de los
empedrados callejeros repicaba de pronto el estrépito miedoso de un
galope conocido. "Don Antón", decían las gentes, presas de espanto,
al oírlo pasar. "Don Antón", repetíase como un eco en alcobas y aposentos,
con acento de angustia.
Era
don Antón. Don Antón García de Bonilla, muerto muchos, muchísimos años
atrás, que una que otra vez acordábase de una promesa suya no cumplida
a santa Rita, requería el que fue su mejor potro de silla -revestida
ahora de fuego su fuerte carnadura nerviosa- y emprendía su fantasmal
peregrinación hacia la capilleja de la santa abogada de imposibles,
en el inútil afán del pago pendiente. Don Antón era hijo del otro don
Antón García de Bonilla, el noble español de capa y espada y chambergo
andaluz que llegó hasta nosotros entre los conquistadores, que aquí
radico su vivienda y, querido y respetado por los pobladores de la época,
atesoró un cuantioso capital y vivió espléndidamente con su bella mujer
y sus hijos. El viejo hidalgo había ejercido en su tiempo los primeros
cargos de la aldea. Fue Regidor Perpetuo y Alcalde Ordinario de la villa,
en los albores de su vida civil, dignidades de gobierno que luego también
ocupó su hijo. Al morir, sus descendientes heredaron, con un crecido
patrimonio, toda su oriental esplendidez y su largueza.
Al
don Antón hijo que nos ocupa, la fortuna le siguió siendo dócil y se
hizo rico como ninguno. Contó denarios a montones y sus arcas fueron
las más repletas en cien leguas a la redonda; su mesa, la mejor servida;
sus bodegas, las más surtidas; sus vinos, los más añejos, y su lecho
y el de los suyos los más mullidos y abrigados por la cantidad y la
calidad de las plumas costosas, traído todo con desacostumbrada exclusividad
de la lejana Península. Tuvo también don Antón casas y haciendas. En
sus posesiones de tierra caliente, hasta donde se hacía conducir con
sus parientes en lujosas literas virreinales, sobre los hombros de sus
esclavos, dedicaba sus ocios a divertirse con su mujer, sus hijos y
sus sobrinas en los raudos deportes del trópico. Era tal su exótica
fastuosidad de rajá alegre y generoso que, para regalo y placer
de su esposa doña María, derrochó sumas fabulosas en la construcción
de lagos inmensos donde, adormilada en piraguas de ensueño ella a su
vez pudiese derrochar los oros de la tarde regados sobre el cristal
de las aguas.
Cuando
un día desventurado, en una de sus haciendas, sus hijas y sobrinas cayeron
víctimas de la epidemia, y la ciencia vencida le abrió paso a una muerte
inminente, don Antón, atribulado, pensó en santa Rita, la santa milagrosa
que se venera en una calleja melancólica de Ocaña. Sin reparar en la
hora ni en el mal tiempo, don Antón emprendió viaje precipitado a la
ciudad, seguido de criados y cabalgaduras de remuda. Varias fueron las
bestias que murieron en la jornada y dos las oscuras noches tempetuosas
que cruzó, impávido y siniestro como un fantasma. Hasta que al fin a
la segunda, muy cerca de las doce, llegó al santuario y se echó a los
pies de la patrona de los desesperados. Allí le vio la santa, a la luz
moribunda de una lamparilla de aceite, gemir y orar por muchas horas,
en medio del silencio aterrador de la "iglesuca" desierta. Hecha la
promesa formal a trueque de la salud de sus idolatradas enfermas, don
Antón regresó a la hacienda. Como por ensalmo, los hermosos luceros
de su hogar habíanse restablecido notoriamente, y pronto volvieron por
las tardes a los lagos encantados, y a requerir, en las veladas rumorosas
y sensuales de la tierra caliente, los frágiles instrumentos de su devoción:
la lira y el arpa. Pasó el tiempo. Mucho tiempo. Vino la vejez y, con
ella, llegó la muerte. Don Antón no volvió a acordarse de santa Rita.
Pero santa Rita no se olvidó de don Antón...
Y
he aquí por qué, cuando aún este lento progreso de que ahora disfrutamos
no nos había iluminado las oscuras noches, don Antón, caballero en veloz
potro de fuego, volvía a cruzar en desesperado galope, al favor de las
sombras, las desoladas calles de la ciudad dormida, rumbo al olvidado
santuario de la santa abogada de imposibles.
Ahora
hace mucho que no ha vuelto. La iluminación nocturna de la ciudad vino
a ser una valla infranqueable para él. Sin embargo, cuando por cualquier
causa la población se queda a oscuras, entre las gentes sencillas de
los barrios se produce la miedosa sensación de que va a llegar. Y aún
les parece escuchar, a lo lejos, el conocido galope estruendoso de su
cabalgadura. Pero no hay tal. Pues que es fama en la ciudad que ya el
pobre don Antón hubo de cancelar en cárcel de Purgatorio aquella lejana
deuda, tan solemnemente contraída y olvidada luego con tan inexplicable
deslealtad.
¿Qué
cara de promesero atormentado traería don Antón en esas espectaculares
excursiones suyas de ultratumba? Nadie lo sabe. Porque quienes, escépticos
y valerosos, atreviéronse a entreabrir una reja para verle pasar, apenas
dan cuenta de la ígnea silueta del potro veloz, bajo cuyos cascos herrados
saltaba una iluminada sinfonía de estrellas; de la borrosa estampa del
apuesto jinete desesperado; del ruido chirriador de su montura famosa,
y de la roja brasa de su enorme cigarro encendido, a cuyo leve reflejo
brillaba como una llamarada siniestra el oro fino de su deslumbrante
dentadura.
Hasta
aquí la leyenda. Esta leyenda terrígena que en versos evocadores se
ha perpetuado en nuestras mejores antologías nativas, y que cada noche
se renueva, hechizante y prodigiosa, en los labios amorosos de la abuela
que, cerca a la cuna, la repite con infantil acento de misterio, porfiando
y asegurando que el nieto renuente al sueño debe entregarse a él antes,
mucho antes de que en la calle resuene el descomunal galope de don Antón,
el atormentado.
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